El Valparaíso que nos espera

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Si he aprendido algo sobre los chilenos es que estos se encantan, se desencantan, y se re-encantan con Valparaíso con vertiginosa facilidad. Con los entrenadores de futbol, solo se desencantan.

Poco influyó, al parecer, la noticia de que la prestigiosa revista internacional Conde Nast Traveler haya nombrado Valparaíso entre las 50 ciudades mas bellas del mundo. Hace varios años que los porteños nos hemos acostumbrados a titulares de este tipo. Ya no son recibidos con el orgullo de antaño–sino un encoger de hombros y algún comentario sobre la ingenua capacidad de los gringos para romantizar a la pobreza.

Hoy, el verso que mejor resume la compleja relación entre el chileno y su puerto no es aquel atribuido a Gonzalo Rojas, “No basta amar a Valparaíso hay que merecerlo”. Es de Neruda: “Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.”

Sobre estas u otras esquizofrénicas proclamaciones de amor/odio, el puerto y sus cuarenta y dos cerros se mantienen inmutables. Las campanas de las iglesias no dejan de cantar cada día a las 12:30. Los niños no dejan de jugar a la pelota en la vereda. En la Plaza Aníbal Pinto, los mismos perros toman siesta cada día bajo la sombra de un incrédulo Neptuno apoyado sobre su tridente.

No se puede negar que, entre 1998-2005, nuestra ciudad vivió una mini-época de esplendor. Que Valparaíso formara parte del mismo compendio de “bienes culturales de la humanidad” que Praga, San Petersburgo, Estambul y Venecia…

¿Cómo no te va a subir el ánimo?

Llegaron los turistas y, con ellos, los hoteles, restaurantes, y servicios. Al fin, se dio vuelta a dos décadas de descrecimiento y desinversión.

Para también llegó la avaricia, la indiferencia, la politiquería. De los 70 millones de dólares del BID, la mitad se nos fue en licitaciones para hacer estudios que terminaron en asesorías. Para demasiados porteños, ser Patrimonio de la Humanidad es un bien asumido. Para otros, es sinónimo de promesas incumplidas.   ;

Pero algo tiene Valparaíso. Da lo mismo la bipolaridad de sus habitantes. La ciudad es indiferente. Que sus críticos reclamen. La ciudad se regenera y se-reinventa.

A quien duda lo anterior, le desafío a darse una vuelta por el renovado Baburriza, o mejor tomarse un café en Dinamarca 399. Este último es uno de los mejores ejemplos del Valparaíso que nos espera. Una veintena de jóvenes líderes profesionales—arquitectos, artistas, diseñadores y activistas varios—-que comparten una bodega patrimonial absolutamente renovada. El lugar escogido es al costado del Cementerio de Disidentes. La arquitectura inspira por su trasparencia, su óxido reciclado, y, sobre todo sus ideales de armonizar con el anfiteatro de frente. Visítalo. Que almuerces en su terraza rodeada por jóvenes emprendedores colaborando con sus sueños y sus proyectos. Después me avisas si aun crees que los gringos somos locos. Que Valparaíso es feo. Que la ciudad esta perdida.

Ya no la quiero, es cierto, pero como la quiero.