Yours truly, Douglas Tompkins

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Al fin de 1999, envíe un fax de tres párrafos de largo: “Me presento. Soy otro gringo dedicado a embellecer a Chile, un gran admirador de tu obra y tu gran fuerza a pesar de las mentiras, calumnias, y confabulaciones que se han hecho en tu contra.”
Cuando llegue a mi oficina el próximo día, no podía creer mi suerte. Me esperaban ocho páginas, escritas a mano, y firmado, “Yours truly, Douglas Tompkins”.

Así es que, una lloviznosa mañana de Marzo de 2000, llegue a tocar el timbre de la casona patrimonial que el Parque Pumalin mantiene en Puerto Montt. Douglas me recibió personalmente. Me dirigió a la cocina donde me esperaba desayuno. “Disculpa Todd, pero estoy un poco atareado. Estamos revisando las pruebas de un libro”. No me volvió a hablar durante 4 horas.

En el living de la casona un hormiguero de gente revisaba las hojas de un manuscrito. Este libro, “La Tragedia del Bosque Chileno”, conmovería el mundo. Movilizaría el incipiente ambientalismo chileno.
A medio día partimos hacia el aeródromo. Douglas estaba aun silencioso. Pero antes de abordar, Kris Tompkins me pasó sus audífonos. “Doug te quiere como copiloto”. Así partieron tres de los días mas inolvidables de mi vida.

Recorrimos de mar a frontera el asombroso Pumalin. Salíamos a pie y en caballo. Sobrevolamos fiordos, cumbres, y volcanes. Revisamos proyectos de apicultura, restauraciones de cauces, senderos, y reforestaciones.

Un día, caminando por un bosque de alerce, Douglas pausó para indicarme un musgo. “Este ecosistema es tan intrincado que, si tu cortaras este bosque mañana, se requeriría ocho generaciones antes de que este musgo volviera a reaparecer”.

Las noches cenábamos los tres al lado del Fiordo Renihue. Después, Douglas prendía fuego y escuchábamos a Bob Dylan. Conversábamos sobre ecología, poesía, y arte. Sus poetas favoritos eran los ambientalistas Gary Snyder y su amigo Wendell Berry. Discutimos fuertemente sobre cual era el cuadro más influyente de Picasso—“Las Demoiselles de Avignon” o “Guernica”.

Cuando le pregunté de donde sacaba la fuerza para aguantar los embistes del Presidente Frei y Belisario Velasco, me relató su experiencia bajando en kayak el Rio Yangtse: “Tres días de rápidos grado cinco sin opción de rescate. Si pensabas, morías. He enfrentado la muerte tantas veces Todd. Sé que el futuro me validará. Estas personas que mencionas me tienen sin cuidado.”

Era un personaje fascinante, complejo, duro. Decía lo que creía sin matiz ni sutileza. Su absolutismo me provocaba tanta admiración como miedo. Y su obsesión por el detalle me recordaba a muchos personajes exitosos. Su legado solo lo dimensionarán las futuras generaciones.

Quedamos de vernos el próximo año durante su conferencia en la PUCV. Esta se postergó y perdimos contacto. Hoy, solo me consuela un verso de su poeta favorito, Wendell Berry:

 

Descubro mi paz en las cosas salvajes,
Que no se gastan en el luto o el dolor…
Por un momento descanso en la gracia de este mundo, libre al fin.